Un viaje a la Navidad de ayer
Taller de reminiscencia en la residencia municipal de Moraleja.
Hay días que dejan una huella distinta, días que no solo se viven, sino que se sienten. Así fue nuestra visita a la residencia del pequeño municipio cacereño, donde 37 abuelos nos esperaban sin saber que, entre villancicos, recuerdos y sonrisas, terminaríamos construyendo un puente entre generaciones.
Los alumnos del centro, futuros gerocultores, cruzaron la puerta con la ilusión de aprender… y descubrieron que, a veces, quienes más enseñan son quienes ya han vivido mucho. El taller de reminiscencia sobre la Navidad se convirtió en una ventana abierta al pasado: la primera muñeca recibida, el olor del pavo al horno, aquellas calles sin luces pero con vecinos cantando juntos, las misas del gallo que parecían eternas y los inviernos que “antes sí eran fríos de verdad”.
Mientras hablaban, algo mágico empezó a suceder: los alumnos escuchaban con atención, ellos compartían con orgullo, y la sala se llenaba de pequeñas historias que sólo pueden contarse desde la experiencia y el corazón.
Y como sucede en los buenos momentos, todo desembocó en música. Terminamos cantando villancicos, algunos tímidos al principio, otros con la voz más decidida. Hubo risas, palmas y miradas que decían más de lo que las palabras podían explicar. Era como si, por un instante, la Navidad de su juventud y la Navidad de nuestros alumnos se encontraran en un punto común: la alegría compartida.
Esta experiencia no sólo refuerza aprendizajes técnicos, también enseña lo esencial: que trabajar con personas mayores es entrar en contacto con vidas completas, con historias que importan, con recuerdos que se abrazan cuando alguien está dispuesto a escucharlos.
nuestros alumnos, gracias por poner el alma. A nuestros mayores, gracias por abrirnos la puerta de la suya. Y a todos, gracias por recordarnos que la Navidad también es esto: un pequeño instante que, compartido, se convierte en memoria.
